EL SÉPTIMO TOCAPU

Rumiñahui escuchaba atentamente aunque se sabía la historia de memoria. El conocimiento del pasado resultaba imprescindible para comprender los acontecimientos del presente, y, sobre todo, para buscar una respuesta al futuro.
-Sigue – oyó que decía Atahualpa-, ¿qué pasó después?
-El dios se presentó al príncipe en sus sueños. Tenía luengas barbas negras que ocultaban su tez pálida. Llevaba un vestido largo que le cubría hasta los pies. Le dio una serie de consejos, siguiendo los cuales, los quechuas derrotaron a los chancas. Después de la lucha, el Inca reparó la gran injusticia de sus antepasados. El Sol no podía ser la deidad suprema porque estaba claro que cumplía una misión diaria y forzosa. Resultaba evidente que alguien lo había creado y lo hacía trabajar todos los días. Tenía la obligación de salir y esconderse después de calentar e iluminar la tierra. El Sol era, por lo tanto, un sobordinado del Sumo Hacedor.
-¿Y qué hizo el nuevo Inca -Rumiñahui oyó que le preguntaba Atahualpa, aunque todos sabían la respuesta.

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Editorial Mundo Conocido